viernes, 5 de noviembre de 2021


 

Por Raúl A. Veras (Sobreviviente)

(En cumplimiento de una promesa y en homenaje a un compañero desaparecido en las profundidades del Mar caribe)

Un día como hoy, en 1989, hace exactamente 32 años, fuimos rescatados de un naufragio ocurrido en un furioso Mar Caribe, a casi 30 kilómetros de la costa de Palenque.

Éramos un pequeño grupo, formado por mi hermano mayor, un sobrino, un amigo de la familia y un empleado que nos acompañaba, en condición de práctico del yate "Brenda", propiedad de mi hermano.

Cinco cuerpos hundidos con tan solo las cabecitas flotando, en un Mar Caribe furioso e imponente en medio de la oscuridad y la terrible tempestad que provocó nuestro naufragio, y en donde los rayos provocados por los truenos, era la única manera de poder vernos en la lucha intensa que librábamos en la oscuridad, en un desesperado intento por reagruparnos una vez caímos en ese embravecido mar de olas gigantes, que una tras otra se nos venían encima por doquier:

Un momento dantesco y desesperante el vivido aquella tarde del domingo 4 de noviembre de 1989.

Casi 30 horas en lucha permanente por sobrevivir, quemados en gran parte de nuestros cuerpos como consecuencia de la unión de un sol abrazador y la gasolina derramada por el bote antes de su hundimiento definitivo; deshidratados y casi sin fuerzas; mentalmente destrozados por los amargos momentos vividos en ese infausto periodo que parecía toda una vida, y en donde el momento más dramático e inenarrable ocurrió justo un día como hoy en horas de la mañana, cuando notamos la presencia de dos tiburones hambrientos.

Treintidos años después, todavía nos resulta traumático recordar y contar ese horrible momento de desamparo total en que nos encontrábamos a merced de un imponente tiburón que nos atacó en varias ocasiones, arrancando prácticamente de nuestros brazos a Quinquin, el empleado de nuestro hermano, que ya había sido atacado en dos ocasiones sucesivas y estaba totalmente desangrado, tiñendo de rojo nuestro alrededor y solo murmurando "¡ay mi mama, ay mi mama!".

En esas condiciones, llenas de espanto, terror y miedo, fue que ocurrió el momento más espeluznante, cuando uno de los tiburones, nos arrancó a nuestro compañero de infortunio, desapareciendo en las profundidades del mar.

Aquel atardecer del lunes 5 de noviembre de 1989, exhaustos y sin alientos, con nuestro sobrino de apenas 10 años en total alucinación, con todos nuestros cuerpos en gran parte calcinados, deshidratados y casi sin fuerzas; y en medio de un silencio sepulcral entre nosotros, aquellas 4 cabecitas flotando, ya estaban comenzando a perder toda esperanza de ser rescatados.

En horas de la mañana, divisamos un avión de la FAD y una avioneta privada, que se desplazaban constantemente de este a oeste y viceversa, lo que indicaba que nos estaban buscando. Sin embargo, en la tarde ya no ocurría eso y vertiginosamente la noche se nos venía encima.

De repente, comenzamos a escuchar en la lejanía algún ruido, y aprovechando el vaivén de las olas, logramos impulsarnos hacia arriba y divisamos en la distancia un imponente yate que nos había localizado por medio de un radar, que justamente su propietario acababa de instalar y lo probó con nosotros.... ¡"Nos rescataron, nos rescataron"!, exclamamos lleno de júbilo y sacando a nuestros compañeros sobrevivientes del profundo letargo en que se encontraban.

Narramos este resumen de esa triste experiencia vivida, en cumplimiento de la única promesa realizada en silencio, cuando ya todo parecía inútil:

Contar año tras año, esa triste experiencia, para que los lectores respondan la pregunta, de acuerdo a su íntima convicción:

¿Milagro o casualidad?

Municipio Santo Domingo Este,

5 de noviembre, 2021