sábado, 17 de julio de 2021

 


Drew Robinson, quien sobrevivió a un intento de suicidio y volvió a jugar béisbol con un ojo mientras difundía un mensaje sobre la importancia de la salud mental, dijo en una publicación de Instagram el viernes que se retirará de jugar después de este fin de semana y se unirá a la oficina central de los Gigantes de San Francisco, reportó Jeff Passan en ESPN.

Robinson, de 29 años, había pasado los últimos dos meses y medio con la filial Triple-A de los Gigantes en Sacramento, regresando al juego contra todo pronóstico.

En abril de 2020, Robinson se disparó a sí mismo en la cabeza y sobrevivió 20 horas antes de llamar al 911. La idea de jugar béisbol nuevamente llevó a Robinson a hacer la llamada, y aunque el daño del disparo obligó a los médicos a quitarle el ojo derecho, intentó regresar, no obstante.

Los Gigantes firmaron a Robinson, quien había jugado en las ligas mayores con los Rangers de Texas y los Cardenales de San Luis, a un acuerdo de ligas menores. Luego de un exitoso entrenamiento de primavera, se unió a Sacramento y comenzó la noche inaugural en el jardín derecho. En su cuarto juego, Robinson conectó un jonrón, el primero de tres que seguiría conectando.

En medio de las luchas en el campo en Sacramento, Robinson comenzó a discutir un trabajo con la organización de los Gigantes como defensor de la salud mental y hará la transición al rol luego de tres juegos este fin de semana.

“No podría estar más emocionado de permanecer en el juego que me salvó la vida”, escribió en Instagram. “... Si bien estoy orgulloso de mi progreso, el crecimiento es un viaje continuo. Que los Gigantes crean que puedo ayudar a otros jugadores a abordar su bienestar emocional de manera más cómoda y obtener información de mis lecciones aprendidas es realmente humillante”.

Su historia

El 16 de abril de 2020 Robinson se despertó, untó mantequilla de maní sobre un bagel con canela y pasas, bebió un batido color verde, se sentó a la mesa de su cocina y empezó a escribir una nota, en la que le explicaría a sus familiares y amigos el por qué había decidido poner fin a su vida. Drew había pasado el último mes en casa, a solas, confinado por la pandemia y confinado dentro de su propia mente. Odiaba su vida. Detestaba que nadie estuviera consciente de cuánto odiaba su vida.

“Espero que, eventualmente, ustedes se den cuenta de que nadie podía ver que esto sucedía para poder evitarlo, debido a lo mucho que intento ocultarlo”, escribió, “y que no es culpa de nadie más”.

Pidió disculpas. A Daiana, Darryl, Renee, Britney y Chad, las cinco personas que más amaba. Las personas que le conocían mejor y que, a pesar de ello, no podían ver la tristeza que le asfixiaba. Incluso ellos llegaron a creer el avatar que Drew había creado para representarle: un pelotero de Grandes Ligas, bien parecido, encantador, gracioso, de risa fácil y amplia sonrisa. Drew vivía su sueño, queriendo morir.

La sensación de culpa se entremezclaba con la paz, mientras firmaba su carta: “Lo siento. Drew Robinson”. Ahora, podía prepararlo todo, ordenar los restos de los últimos 27 años. Comenzó a limpiar la casa. Quería que el lugar estuviera impecable, tan limpio como lo recibió al momento de mudarse. Su familia ya tendría suficientes problemas después de esto. No les quería cargar con otro.

Sus horas finales se desvanecían. Aproximadamente a las 5 de la tarde, Drew sintió una descarga de adrenalina. Era el momento.

Abrió su mesa de noche y tomó su pistola. Colocó la nota en el lugar más visible posible, sobre el mostrador de la cocina. Subió a su camioneta, con la idea de conducir hasta un parque cercano, donde había decidido hacerlo. Pero se sentía mal. Intentó con otro lugar. Decidió que no quería morir dentro de su camioneta. Condujo hasta su casa.

Drew se sentó en el sofá de su sala de estar. Se sirvió un vaso de whisky, luego bebió otro. Se detuvo. No sufría de problemas con la bebida y no quería que creyeran que lo tenía. Sus pensamientos comenzaron a chocar entre sí: pensaba en cómo se vería el lugar, a quienes afectaría su decisión y quién le encontraría. Estaba a solas, solo hasta el final. Aproximadamente a las 8 p.m., en un movimiento ininterrumpido, se inclinó a un lado, extendió la mano hacia la mesa de café, alzó la pistola, la apretó contra su sien derecha y haló el gatillo.

Se suponía que éste sería el final de la historia de Drew Robinson.

Durante las próximas 20 horas, se daría cuenta que era el inicio de otra historia totalmente distinta.