martes, 23 de marzo de 2021


 

Por décadas, la República Dominicana ha visto coexistir a una treintena de partidos políticos, muchos de ellos calificados como “pequeños”, los cuales no han logrado crecer o convertirse en una opción de triunfo.

Ese panorama se presta para un análisis amplio sobre la necesidad de mantener en el sistema a esas minorías, además de responder una pregunta fundamental: ¿cuáles son las posibilidades de que surja una fuerza política emergente que compita con los partidos tradicionales y logre el poder?

Muchas organizaciones pequeñas llevan un discurso de repudio a lo que consideran malas prácticas de los partidos que se turnan en el poder, pero llegados los procesos electorales firman alianzas con ellos. Tan solo tres acudieron con sus propios candidatos en el nivel presidencial en las elecciones del 5 de julio; los demás se aliaron alrededor del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), Partido Revolucionario Moderno (PRM) y Partido Reformista Social Cristiano (PRSC).

Incluso País Posible, último en ser reconocido, firmó una alianza con el PRM en su primera experiencia electoral.

La explicación que ellos dan es simple: hay que subsistir. Si no logran mantener al menos una representación en el Congreso o en los ayuntamientos, pierden el reconocimiento. Así le pasó en julio pasado al Partido Demócrata Institucional (PDI) y a dos movimientos provinciales.

El ascenso al poder de partidos que vienen de abajo ya ocurrió en dos ocasiones en la historia dominicana reciente, la primera cuando el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) ganó las elecciones en el 1996, 23 años después de su nacimiento, en opinión de la politóloga Rosario Espinal.

El PLD era la tercera fuerza política, al tiempo que los colosos Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) se disputaban el poder, gobernando ocho años el primero, y 22 el segundo.

El ejemplo más reciente, de acuerdo a Espinal, es el Partido Revolucionario Moderno (PRM), que logró ganar la presidencia y mayoría en elecciones legislativas y municipales, tan solo cinco años después de su fundación.

Esos dos eventos sólo fueron posibles en momentos muy especiales que favorecieron a esas fuerzas políticas. La tesis de Rosario Espinal es que los partidos pequeños “necesitan coyunturas que los favorezcan para poder subir”, ya que “el electorado es un número finito”.

Hay una cantidad determinada de personas dispuestas a votar en las elecciones, por lo que solamente el realineamiento electoral puede hacer posible que uno minoritario se haga mayoritario.

El PLD fue favorecido con una transfusión de votos reformistas, mientras el PRM se alimentó de la militancia del viejo PRD y un apoyo importante de la clase media, señala la analista. Asegura que, en general, toda democracia siempre tendrá una porción de la sociedad que se abstenga de votar, que podrá variar, pero muy poco.

Para el politólogo Henry Blanco, el problema es que estos partidos emergentes son tan tradicionales como los grandes en dos aspectos fundamentales: son maquinarias electorales que solo se activan para los comicios, y no se diferencian ideológicamente del resto.

Casi todos los partidos del sistema son de derecha o centro derecha, y proponen modelos de gobernar capitalista, neoliberal. Así que, ¿si los pequeños proponen lo mismo que los grandes, por qué votar por ellos?

“Hasta que en el escenario político no aparezca una fuerza que se identifique con nuevas ideas y programas de gobernanza con una definición ideológica clara, solo tendremos partidos bisagras”, augura Blanco.

Una prueba de ello sería que, pese a la diversidad de partidos con representación en el Congreso Nacional, no ha sido posible aprobar el Código Penal con las tres excepciones del aborto, la cual, agrega, es una posición liberal y de izquierda, que se enmarca dentro de la social democracia.

Aparte de la no distinción ideológica, Rosario Espinal cree que esos partidos minúsculos nunca han crecido y nunca lo harán porque son propiedad privada de alguna persona o familia, que los usan para hacer alianzas en procura de su supervivencia.

“La democracia necesita dos o tres partidos que puedan competir electoralmente y, de vez en cuando, en la historia surgirán otros. Pero mantener constantemente a 25 partidos no tiene nada que ver con la democracia”, afirma.

Varios de los dirigentes de esas organizaciones políticas se autodenominan conservadores, pero consideran que se diferencian en su discurso medioambientalista, cristiano, moralista, nacionalista, humanista, anticlientelar, anticorrupción, provida u otros.