viernes, 12 de marzo de 2021


 

Cuando sus padres lo llevaron al hospital, Pablo, de 11 años, apenas comía y había dejado de beber. Débil tras meses de privaciones, su corazón se había ralentizado y sus riñones estaban fallando. Los médicos le inyectaron fluidos y lo alimentaron a través de un tubo, los primeros pasos para sanar a otro niño deshecho en medio del tumulto de la crisis del coronavirus.

Para los doctores que los atienden, el impacto de la pandemia en la salud mental de los menores es cada vez más alarmante. Desde septiembre, el hospital pediátrico de París donde está Pablo ha duplicado el número de niños y adolescentes en tratamiento por intentos de suicidio.

En otras partes del mundo, los médicos reportan problemas similares, con niños, algunos de solo 8 años, lanzándose de forma deliberada al tráfico, tomando una sobredosis de pastillas o autolesionándose de otra forma. En Japón, los suicidios en esta franja de edad alcanzaron niveles récord en 2020, según el Ministerio de Educación.