viernes, 26 de febrero de 2021


 

Alexis de Tocqueville cierra el segundo y último tomo de su gran obra La democracia en América con estas sugerentes palabras: “No ignoro que varios de mis contemporáneos han pensado que los pueblos nunca son dueños de sí mismos en este mundo y que obedecen necesariamente a no sé que fuerza insuperable e ininteligible que nace de acontecimientos anteriores, de la raza, del suelo o del clima (...) Estas son falsas y cobardes teorías que no pueden nunca producir más que hombres débiles y naciones pusilánimes. La Providencia no ha creado al género humano ni enteramente independiente ni del todo esclavo. Traza, es verdad, alrededor de cada hombre un círculo fatal del que no puede salir, pero dentro de esos vastos límites el hombre es poderoso y libre, y lo mismo sucede con los pueblos”.

Como ocurre con cada página de los dos tomos de este maravilloso libro, publicados en 1835 y 1840, respectivamente, tras su viaje a Estados Unidos junto con su compañero de aventura Gustave de Beaumont, en estos pasajes finales Tocqueville plantea una cuestión vital tanto para los individuos como para las sociedades, esto es, el dilema perenne de cuán libres somos y hasta dónde llega nuestra capacidad de decisión y acción. Como bien él señala, ni los individuos ni las sociedades son enteramente libres o enteramente esclavos, pero a la vez resalta –y es lo más importante- el margen de acción que tienen aún dentro dentro de ciertos límites o restricciones.

Por supuesto, esta intuición tocquevilliana no constituye en sí mima una respuesta sino más bien una pauta de pensamiento y acción para las infinitas situaciones en las que tanto los individuos como los pueblos se ven en la necesidad de tomar decisiones. Nos hace conscientes de que existen límites –históricos, estructurales, culturales, coyunturales-, pero a la vez hace énfasis en la importancia de encontrar el ámbito en el que se puede actuar con libertad e independencia.