viernes, 8 de enero de 2021


 

Un positivo por cocaína en marzo de 1992 no solo provocó la suspensión por un año al exlanzador Pascual Pérez, terminó con su carrera en Grandes Ligas, perdió los US$1.9 millones que ganaría con los Yanquis (US$3.5 MM al valor de hoy) y también lo restringía de jugar en el país. Era su tercer capítulo tras uno en 1984 y otro en 1989.

Limitaciones similares sufrió el ex receptor Gilberto Reyes, cuyo positivo a drogas sociales en la Lidom lo sacó de competencia y le ocasionó una suspensión por 60 días en Grandes Ligas (donde ya había fallado a otra prueba), a la que apeló y ganó, pero ya cuando se había cumplido la pena. El entonces comisionado Fay Vincent adoptó castigos a ambos jugadores por hechos cometidos en República Dominicana y Estados Unidos.

Hoy, las ligas del Caribe y el Pacífico mexicano, además de tener posiciones laxas contra el dopaje, no restringen la participación de aquellos jugadores suspendidos por el programa de la Major League Baseball. Tampoco está en su ánimo cerrar más la ventana de talentos que ya de por sí es amplia con las restricciones que impone el Winter League Agreement, el acuerdo que autoriza jugar en el invierno a los peloteros bajo contrato de MLB.