miércoles, 23 de diciembre de 2020


 

Las teorías conspirativas y los bulos son ya parte de las costumbres navideñas y, aunque las reuniones familiares serán diferentes este año, es posible que queramos rebatirlos si vuelven a aparecer en nuestras cenas, algo que podemos hacer con las claves que nos da la ciencia.

Antes de saltar como un resorte en algún momento entre los langostinos y el cordero asado, cuando una frase nos parezca demasiado grave como para que se quede sin respuesta, puede ser útil saber cómo piensan aquellos que creen en hipótesis sin ninguna base científica y sienten una especial necesidad de difundirlas.

En un área del conocimiento en el que queda mucho por explorar, algunas investigaciones apuntan a que el cerebro humano tiene una inclinación natural a creer en esas teorías y que las personas reforzamos nuestras ideas previas cuando nos contradicen.

En el caso de que uno quiera entrar a debatir, conviene tener en cuenta que los argumentos racionales son menos eficaces que los emocionales y que la retórica y la educación son importantes, no solo para preservar la paz antes de los polvorones, sino también en la consecución del difícil objetivo de convencer al otro.

¿POR QUÉ CREEMOS EN TEORÍAS CONSPIRATIVAS?

El cerebro humano tiende a crear relaciones causales entre elementos aunque estas no existan, para lo que puede establecer conexiones de hechos aislados.

'Una de las causas por la que las teorías de la conspiración surgen periódicamente es nuestro deseo de imponer una estructura al mundo y nuestra increíble capacidad para reconocer pautas', explica el investigador Mark Lorch en un artículo publicado en 2017 en The Conversation.

Este catedrático de Química y Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Hull, en el Reino Unido, cree que la responsabilidad es de 'unos mecanismos neurológicos evolutivos no demasiado avanzados' que nos llevan a ver 'relaciones causa efecto inexistentes -teorías de la conspiración- por todas partes'.

Además, sentimos propensión a mantener posturas que son mayoritarias en nuestro grupo social, como demuestran diversos estudios desde los años 50, por lo que existe una probabilidad creciente de que aceptemos una hipótesis como verdadera cuanta más gente a nuestro alrededor crea en ella.