lunes, 28 de diciembre de 2020


 

A la sombra de los gigantes del continente sudamericano, Haití desarrolla poco a poco su industria del cacao, consiguiendo mejores ingresos para miles de agricultores modestos y rompiendo con el cliché de que el arte gastronómico es territorio de los países ricos.

Preparar una ganache con ron haitiano, como todos los productos que utiliza, no entraba en los planes de Ralph Leroy que, tras años en Montreal, volvió a su país de origen como estilista de alta costura.

El cambio empezó cuando creó ropa de chocolate para un salón culinario. La formación que recibió durante un año en Italia alimentó su pasión y espoleó su orgullo.

“La primera semana, me sentí insultado cuando el profesor dijo: ‘el chocolate está hecho para Europa. Tú planta tu cacao, nosotros compramos el cacao y hacemos el trabajo”, recuerda el maestro chocolatero.

“Incluso en las escuelas de cocina no se aprende esto. He aprendido todo aquí y estoy muy muy orgullosa”, dice con una sonrisa Duasmine Paul, de 22 años, jefa de laboratorio de la chocolatería Makaya.

Los empleados seleccionan con mimo los granos de cacao al son de las bocinas, síntoma de la circulación caótica que paraliza Puerto Príncipe a finales de año.

“Tenemos una relación directa con nuestra cooperativa, la Feccano, que trabaja con más de 4.000 cultivadores del norte de Haití”, explica con orgullo Leroy.