jueves, 5 de noviembre de 2020


Desde finales del año pasado el mundo ha sido sacudido por la más terrible amenaza que hubiésemos podido imaginar. Andar por la calle como si todos fuésemos asaltantes, enmascarados y hasta con guantes, parece de películas distópicas cargadas de ficción.

Pero lo que lleva casi un año no es comparable con un virus que ha dejado peor que diezmado el mundo cultural dominicano. Me explico iniciando este comentario con un poco de historia. El boom del arte dominicano ocurrió en los 80’s. Antes de esa década asombrosa ser artista era un sacrificio de mártires. De repente la sociedad dominicana comenzó a valorar la cultura de una manera nunca vista. Las pinturas desplazaron a las láminas y copias que se compraban en todo el país y los libros también se hicieron más populares que nunca. Ser artista se volvió algo rentable. Y la cultura se popularizó en todas sus facetas.

Comenzamos a participar en innumerables exposiciones internacionales y hasta premios y galardones llegaron a ser otorgados. Las columnas en periódicos y revistas atestiguaban del renacer del arte dominicano. Se consolidaron mecenas y colecciones en bancos y corporaciones.

La marca país República Dominicana creció y llegó a playas extranjeras atrayendo a coleccionistas y amantes de las artes que venían a ver de primera mano lo que era un descubrimiento.

No fue el Apocalipsis; pero para muchos fue el final.

¿Qué pasó?

El fenómeno sociopolítico-cultural que trataré de explicar en breves palabras fue el causante de esta debacle.

Antes las clases dominantes venían de un trasfondo o nivel elevado. Los ricos eran más cultos y los políticos eran personas leídas y con dotes de escritores, cultivados y conocedores de las riquezas intangibles de Europa y el resto del mundo. Sin embargo, fue surgiendo una nueva clase poderosa, políticos ignorantes pero ambiciosos y anhelantes del poder que da el dinero sin importar el cómo conseguirlo. Personas incultas pero astutas que lograron hacerse de una posición de poder, aunque sus reputaciones no fueran las mejores. Con capacidad para adquirir bienes y servicios, su manera de ostentar la riqueza habida o tal vez mal habida se manifestó de otra manera. El arte y los libros les eran indiferentes. Lo que da prestigio y visibilidad son los inmuebles lujosos, los autos exóticos y las acompañantes femeninas de belleza escandalosamente exhibida en restaurantes de lujo.

Esta nueva especie dominante permeó toda la sociedad y destruyó en meses lo que había tomado décadas.

Murió el arte y la cultura y se arraigó la incultura. Los nuevos gustos musicales también manifestaron la nueva realidad, y de los de abajo, muchos decidieron emular a los de arriba convirtiéndose en delincuentes y asaltantes buscando también lo suyo.

Este es el panorama que tenemos hoy. Sólo un cambio verdadero, un nuevo paradigma, con gobernantes que valoren y amen la cultura y las artes, las promuevan y difundan, podrá matar este mal que se volvió endémico y compite en su labor destructiva con el COVID. Sólo una nueva visión de modernidad y genuino desarrollo podrá salvar de la muerte los valores que quedan y los agentes culturales que sueñan con una vuelta al progreso material y espiritual de la nación dominicana.

 

 

CREDITOS A DIARIO LIBRE.