viernes, 13 de noviembre de 2020


 

“A veces pienso que mucho de lo que he vivido es porque nunca me atreví a preguntar nada. Los novios proponen, dicen y uno siempre espera a que ellos tomen la ‘voz cantante’, pero uno, por vergüenza a hablar no se atreve a decir lo que una quisiera o lo que uno no quiere”. [Maritza, 16 años, casada].

Las evidencias levantadas por organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil nos han puesto en contacto con la preocupante y triste realidad de niñas casadas. Nos hablan de que en las zonas urbanas casi un 10 % de los hombres estaría dispuesto a unirse a una niña menor de edad; un 48.5 % se ha casado o unido con una niña y, en las zonas rurales, ese porcentaje llega al 60 %. Esto, a pesar de que el 85.5 % de las personas opina que está mal que un hombre viva con una menor de edad, el 68.5 % cree que, en su lugar, la chica debería estar jugando o estudiando y el 23 % juzga que el hombre está cometiendo una violación y debería afrontar consecuencias legales. Y, aunque no lo dicen los estudios, es casi seguro que la mayor parte de la población entiende que la familia es culpable de lo que acontece.

Como terapeuta familiar, saber que 12 de cada 100 mujeres dominicanas se ha casado o unido antes de los 18 años me produce dolor y me lleva a pensar. Mi reflexión se dirige en tres características de las familias que los estudios sistémicos me ofrecen: 1) La capacidad que tiene la familia de repetir patrones y significados de generación a generación, a menos que una experiencia le obligue a reorganizar sus reglas internas. 2) La impronta que deja la familia en la identidad de cada uno de sus miembros y en la manera de resolver situaciones problemáticas. 3) Las posibilidades que tiene la familia de ajustarse en torno a dificultades de sus miembros si se activan sus dinámicas de lealtad y pertenencia.