miércoles, 14 de octubre de 2020


La superficie de República Dominicana se estima en 48,448 kilómetros cuadrados, apenas la palma de una mano comparado con la suma de las exigencias de las apetencias y necesidades de soluciones individuales a los problemas comunes, como es el vial en el ámbito del Gran Santo Domingo.

Esto se evidencia a gritos en una sociedad adaptada a un día a día impredecible, bajo el crecimiento geométrico y anual del parque vehicular: importados nuevos y usados, envejecidos hasta la momificación, chorreando contaminación con servicio expreso hacia las vías respiratorias de los peatones, revividos como momias motoras desde las tumbas metálicas, en una creciente aglomeración de vertederos “duquesas” móviles, mediante la magia de las pegatina entre sus partes móviles y apretujándose en las calles y avenidas, una, dos, tres veces, y hasta lo imposible de imaginar.

Es el caos permanente, en el Gran Santo Domingo, de un monstruo colectivo que nace con la suma en un solo gran tapón estresante. Y asfixiante por el veneno emitido por una acumulación creciente y amontonada de carburadores.