lunes, 14 de enero de 2019

NACIONAL
Abultando la pesada carga financiera que, paradójicamente, agobia a la mayoría de los habitantes del país líder del crecimiento económico regional, crece a la par la deuda de cada dominicano y dominicana por el indetenible endeudamiento público, que ya rebasa la mitad de lo que producimos, dinero ajeno que, cual esteroide, infla la economía.

A esos compromisos locales y extranjeros, más de US$40 mil millones que pagamos con impuestos, se suman los contraídos por siete de cada diez de los 2.7 millones de hogares de República Dominicana, que solo con el sistema financiero formal supera el 12% del Producto Interno Bruto (PIB).

No abarca el crédito informal, no supervisado por la Superintendencia de Bancos, Excluye, por igual, otros empréstitos sin regulación, otorgados a través de plataformas digitales.

Los hogares apelan a préstamos formales e informales que, si bien cubren parcial o totalmente el déficit presupuestario, tienen nefastos efectos en las finanzas y la vida familiar.

No predomina un crédito sano. Gobierno, familias, individuos, muestran patrones bastante similares de endeudamiento: cubrir déficit, privilegiar el consumo, desviar a gastos corrientes préstamos con fines productivos. Y, peor aún, para pagar deudas, el más grave de los errores financieros.

Dinamizan la economía. Los préstamos personales otorgados para actividades del hogar se elevaron dentro del crédito de consumo que dinamiza la demanda interna y la economía, cuyo crecimiento, 7% del PIB en 2018, aún no se refleja en la mayoría de la población con un aumento real del ingreso monetario que atenúe el estresante endeudamiento.

Como en la deuda pública, la del hogar reclama cautela. La inflación repunta y comienzan a subir las tasas de interés en los Estados Unidos, proyectándose una tendencia alcista en la tasa local y el riesgo de sobreendeudamiento con un eventual aumento de la morosidad.

Además de esa amenaza, inquieta a economistas que el incremento de la deuda familiar supere el registrado en el ingreso, el hecho de que en el último decenio esa deuda subió más del doble de la masa salarial, del total pagado a los trabajadores.

Las facilidades crediticias impulsaron el consumo sin que creciera la capacidad de pago. Y estaría bien democratizar el crédito con fines productivos, enfrentar la exclusión financiera y la usura, no para suplantar el ingreso. No para que de mora en mora genere beneficios a la banca, que cada año reporta dividendos millonarios.

La inducción al crédito se acentuó con la liberalización monetaria en 2017, año en que cada hogar terminó con una deuda promedio de US$171,553, con el sistema financiero formal, adicional al fardo de unos RD$200,000 por persona, derivado del endeudamiento público.

Un calmante. Con la expansión y diversificación del crédito de consumo, el dinero fluyó raudo refrescando el caldeado ambiente de la estrechez económica. Dinero ajeno que calmó la inquietud ante imprevistos, apaciguando los terribles momentos en que “no tiene ni uno” parar el supermercado o para ir al trabajo.

En un mercado competitivo, abierto y flexible, en el que cobran auge las dinámicas e innovadoras cadenas del retail, con sus ventas financiadas en cuotas, el crédito se convirtió en un popular mecanismo facilitador del consumo, con una amplia gama de tentadoras opciones.
Gastamos más de lo que producimos, de lo que nos ingresa, lo hace el Gobierno, instituciones, familias que se endeudan para cubrir necesidades básicas, también para dar sostén a expectativas de una sociedad de consumo.

Estrés financiero. El cúmulo de acreencias, su coexistencia con atrasos en el pago de gastos fijos, genera un perturbador estrés que, entre otros factores, incide en la violencia doméstica, física o sicológica, causa irritabilidad, impotencia.

Son diversas las reacciones ante la presión por las deudas, desde quien las consolida o busca ayuda en Deudores Anónimos, hasta decisiones extremas, huir del país, un suicidio. Mas, un estrés fuerte y sostenido siempre provoca una erosión emocional, un desgaste síquico que resta energías para seguir a buen ritmo las demandas cotidianas en el hogar y el trabajo.

No es una deuda sana, predominan préstamos de consumo, los más estresantes, obligando a posponer compromisos para adquirir una vivienda. Un bien preciado de difícil accesibilidad por su alto costo en un país con gran déficit habitacional, donde la pujante economía contrasta con el Índice de Capital Humano del Banco Mundial, que nos sitúa entre los países más atrasados de la región, marcado por la desigualdad y la pobreza, con graves deficiencias en agua potable, electricidad y otros servicios básicos.

¡Terrible paradoja!
Gobierno y hogares dominicanos muy lejos de un endeudamiento sano
El dinero prestado no es un buen sustituto del ingreso, no lo es en forma recurrente, de un modo irresponsable, con una débil capacidad de pago. Menos aún en un monto excesivo como ocurre en muchas familias, como sucede con la deuda pública que, al remontarse al 51.6% del PIB, eleva el pago de intereses sobre 25% del ingreso fiscal.

Más de US$40 mil millones que impulsan el crecimiento económico pero no el desarrollo, que racionalmente utilizados hubieran conducido al país hacia una mayor productividad y competitividad, y llegar a sus habitantes con empleos bien remunerados y mejores servicios. Millones que debieron orientarse a elevar el ingreso, evitando el excesivo endeudamiento familiar.

Financistas estiman saludable un nivel de deudas inferior a un tercio de los ingresos monetarios, 30% como máximo sobre el ingreso neto en unas finanzas sanas. Y esto es válido para un gobierno, una familia, empresa o individuo. Mas, esa proporción se excede con creces, en vez del ahorro interno, se apela a préstamos improductivos, dinero sin retorno que el Gobierno gasta en dádivas y sueldos clientelares, en vez de orientarlo a un mayor desarrollo social, a combatir las causas que mantienen una alta dependencia del dinero prestado.

Millones y millones que caen en agujeros fiscales y en el saco de la corrupción, que seguiremos pagando con impuestos, el Itebis que achica el pan de los pobres y los irritantes adelantos que fastidian a empresas. Millones que amenazan con nuevos gravámenes que asomarán con otra reforma tributaria tras las elecciones de 2020.

Si año tras año se destina a cubrir déficit, a honrar deudas, resultará pernicioso. Es lo que sucede. Eligen el camino fácil, pero a la postre los efectos son devastadores.

Los pronósticos aconsejan mesura
De 2007 a 2018, los fondos destinados a la financiación del hogar mostraron una tendencia creciente en la cartera del sistema financiero. En ese período la deuda familiar pasó de 8.5% a más del 12% del PIB. Su monto se duplicó de 2007 a 2012, año en que sumó RD$199,296 millones. De 2016 a 2017 creció de RD$304,172 millones a RD$456,225 millones, tras la liberalización crediticia, mantenida hasta julio del 2018 cuando el Banco Central subió la tasa de política monetaria a 5.50%.
Aún así, la prudencia se impone para asegurar la sostenibilidad del crédito privado. Por la débil capacidad de pago, el aumento de la deuda del hogar implica riesgos, una mayor exposición del sistema financiero ante una eventual morosidad. En el actual contexto internacional, proceden previsiones ante alzas en las tasas de interés en el futuro inmediato. En su Informe de Política Monetaria, de mayo del 2018, el Banco Central planteó: “Es de importancia para los hacedores de política identificar las características del endeudamiento de los hogares, su evolución y efecto en el gasto agregado en la economía”.

LAS CLAVES
1. Cultura del ahorro
La creación de una cultura del ahorro versus una cultura del consumo a nivel personal, familiar y nacional es decisiva en RD, donde la falta de planificación del gasto y disciplina para el ahorro, se conjugan para elevar el endeudamiento. El acceso al consumo se promovió sin desarrollar una campaña que fomente el ahorro, el uso racional y productivo del dinero.
 
2. Crédito de consumo
La deuda del hogar, constituida en un 60.9% por préstamos de consumo frente a 39.1% hipotecarios, creció con la apertura del crédito tras la ralentización de la economía en el primer semestre del 2017. En julio de ese año, el Banco Central redujo la tasa de política monetaria de 5.75% a 5.25%, lo que impulsó el crédito privado y motorizó la demanda interna.

3. Ingreso real
El Fondo Monetario Internacional expresó confianza en que esa flexibilización respaldara la recuperación económica. Previó que tasas de interés más bajas y la expansión del crédito apoyarían la demanda interna junto a mayores salarios reales y empleo. Sus expectativas se cumplieron, el PIB creció ese año al 4.6%, pero no acertó en cuanto al empleo ni al salario, que perdió valor de compra en 2017 y 2018 con el alza del petróleo, aumentos de precio de bienes básicos y transporte, mantenidos tras bajar el carburante.

4. Déficit presupuestario
Para solventar el déficit entre ingresos y gastos, que se traduce en privaciones y descenso de la calidad de vida, 70% de los hogares se endeudan, lo que denota ausencia de ahorro. Solo tres de diez hogares se desempeñan sin deudas.

5. Fuentes de crédito
El acentuado endeudamiento de los dominicanos con familiares, amigos, cooperativas y bancos fue consignado en un estudio del Banco Mundial antes de la expansión del crédito en 2017. Esa investigación, orientada a la inclusión financiera, situó en 2014 a la población dominicana como la tercera de la región con mayor recurrencia a préstamos con terceros, predominando la usura.
 
FUENTE: HOY