jueves, 17 de mayo de 2018

NACIONAL
SANTO DOMINGO. Con precisión y belleza expresiva propia de su condición de laureado poeta, el arquitecto José Enrique Delmonte expuso de manera minuciosa la situación actual de Gascue, luego de aportar detalladas informaciones sobre la forma en que surgió el sector en el que antes residía la clase alta de Santo Domingo.

Al exponer sobre “Gascue: génesis, desarrollo, decadencia y transformación”, dentro del ciclo “Miércoles de Gascue”, organizado por el comité del ICOMOS, que se desarrolla en la Academia Dominicana de la Historia, el profesional recordó que el barrio es el primer “constructo” de la dominicanidad manifestada en Santo Domingo.

Dijo que una de las características de Gascue que todavía persiste es su “unicidad” dentro de toda la geografía urbana de Santo Domingo y agregó que es un sector con “personalidad” y rasgos distintivos que no se asemejan a ningún otro, incluso a aquellos donde la presencia de árboles, baja densidad y niveles socioeconómicos por encima de la media puedan coexistir.

El conferencista, que elaboró su exposición con la colaboración especial de César Al Martínez, aseguró que no existe otro sector en el área metropolitana que reúna tanta arquitectura de calidad ni tanto sentido de urbe como Gascue.

No obstante, afirmó: “Hay ruidos que anuncian la avalancha de cambios poderosos que arrastrará esa personalidad sutil que ha definido a Gascue: hay pérdidas de suelo blando, disminución de lo verde, ocupación del vacío, aumento de densidad, transformaciones inesperadas, descontroles ambientales”.

“A la caída de la dictadura, en 1961, Gascue y sus barrios aledaños representaban la zona de mayor estatus social para residir. Allí se concentraba la vivienda de los miembros de la administración del Estado, los embajadores, los empresarios y propietarios de los comercios más importantes hasta el momento y profesionales libres”. Arquitecto José Enrique Delmonte.

Génesis del sector
Delmonte recordó que Gascue es un gran territorio que surgió indefinido y se perfiló como asentamiento suburbano muy a principios del siglo XX.

“Ocupa los terrenos disponibles hacia el oeste de la ciudad amurallada, una gran sabana ilimitada que se caracterizaba por una topografía poco accidentada, salvo por las dos cadenas de farallón que establecen las dos primeras terrazas que definen a toda la ciudad de Santo Domingo.

Recordó que a lo largo de la avenida Independencia, y en otras áreas de sus alrededores, existían con anterioridad numerosas construcciones usadas como residencias de veraneo o de descanso, donde los propietarios tenían pequeños huertos, árboles frutales, sembradíos de comestibles, animales de granja, producción de leche y carne, todas propiedades de la aristocracia capitaleña que residía en la zona intramuros.

Explicó que cuando el general Pedro A. Lluberes (1855-1919) decidió convertir sus prósperos terrenos, dedicados a potreros, en un sector suburbano para la ciudad, entre los años 1905 y 1915, se inició un nuevo período para la historia urbana de Santo Domingo.

“Era un ‘big bang’ hacia la ‘metropilización’ que caracteriza a la capital dominicana del presente. De acuerdo a datos encontrados, Lluberes viajaba con frecuencia a los baños termales de Caomo, en San Juan (Puerto Rico) y fue testigo de la rápida expansión de la ciudad promovida allí por la administración municipal y por el auge constructivo impulsado por la nueva era norteamericana en la isla”, expresó.

Contó que a su retorno al país, Lluberes encargó al agrimensor Arístides García Mella el diseño de una pequeña urbanización en una parte de sus terrenos, colindante al antiguo camino de Santa Ana, quien dispuso de ocho manzanas cuadradas para ser divididas en solares de mil metros cuadrados, con frentes de 25 metros y profundidad de 40 metros.

Afirmó que la venta de los solares se facilitó porque en 1908 llegaron los primeros automóviles a Santo Domingo y ya en 1914 fue inaugurada la avenida Bolívar que, “por coincidencia”, pasaba por el mismo borde de su nueva urbanización.

Dijo que también influyó el espíritu de modernidad que caracterizó a la sociedad dominicana desde las últimas décadas del siglo XIX, que motivó el deseo de residir en una nueva zona con características distintas a la tradicional.

Sostuvo que el nuevo asentamiento generó una competencia urbanizadora, y que entonces todas las áreas colindantes a la ciudad fueron proyectadas para áreas de expansión residencial, algunas cercanas a la propiedad de Lluberes y otras en la zona norte de la ciudad, justo al este de San Carlos.

“Este fenómeno tomó por sorpresa al Ayuntamiento, el cual no tenía en sus manos un plan de urbanización ni reglas claras para controlar el proceso. Las únicas exigencias establecidas a los promotores se limitaron a la presentación de un plano general, trazar los perfiles y las rasantes, pagar 100 pesos por cada kilómetro de calle y fijar los linderos de los solares (Delmonte, 1988: 490)”, enfatizó.
DIARIO LIBRE

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